Malos tiempos para la crítica.

Si no lo suelto, reviento.  Hace mucho, mucho tiempo que me declaré escéptico. A partir de hoy me declaro escéptico militante. Vivimos malos tiempos. Muy malos tiempos. La situación económica, social y, en general, sistémica está provocando que la gente se aferre como un clavo ardiendo a creencias estúpidas. A creencias que, incluso socialmente aceptadas o mayoritariamente aceptadas, son estúpidas. Pero esto, que siempre ha sido caballo de batalla entre escéptico-racionalistas y creyentes en general, hoy se sitúa en un campo en que los amantes de lo políticamente correcto encuentran insultante.

Cuando preguntas en qué has insultado, te dicen que has puesto en duda sus creencias, y al ponerlas en duda, te has reído de ellas. ¡¡¡Bienvenidos a dogmalandia!!! Ahora resulta que pedir explicaciones (que generalmente no se tienen), es insultante. Genial. Sé que en el mundo hay personas mentalmente inquietas y personas mentalmente adoctrinadas o directamente vagas. Con toda la escala cromática que se quiera entre ellas. Pues bien, cuando a una persona dogmática, o simplemente amante de las consignas y los mantras se le espeta cual Mourinho del conocimiento en general ¿por qué?, esa persona, automáticamente, se convierte en víctima de tus preguntas. Sí, he dicho víctima, porque es como se ven. No ven en tus palabras curiosidad. Ven, simplemente, un ataque.

Hace años, co-dirigía uno de los mayores foros sobre Historia Medieval (y en concreto sobre órdenes religioso-militares, como los Templarios), que había en internet. Se llamaba “Orden del Temple” y era uno de los top dentro de los ya desaparecidos MSN-Groups. Como moderador y administrador, mi misión consistía en evitar que se colaran neo-templaristas amantes de misterios y teorías conspiranoicas varias. Al final descubrí que todos aquellos memos (no hay otra palabra para definirlos), eran lo que eran porque se había convertido para ellos en libro de cabecera ¡¡¡El código da vinci!!!. Ese libro les había llevado a otro con más aspecto de ensayo, que era el infausto “El enigma sagrado”, de Baigent, Leigh y Collins. Y con todo ese bagaje cultural se aventuraban en los procelosos mares de la interpretación intrahistórica. Claro, en cuanto les empezabas a tocar las cosquillas te decían que insultabas sus creencias. ¿Perdón? ¿Ha dicho usted creencias? No, señor, no hablamos de creencias. Hablamos de historia. SOLAMENTE DE HISTORIA.

Esta disgresión viene a cuento porque básicamente el esquema se repite una y otra vez. Sólo que ahora, los infames vagos mentales han alcanzado un grado de sofisticación estúpida que roza la más absoluta memez. Ahora, encima, te piden que demuestres TU que lo que es a todas luces una estupidez indemostrada, es una estupidez indemostrable. Encima tienes que demostrar tú que algo que ellos aventuran como hipótesis no es ni siquiera una hipótesis y, en el colmo de la gilipollez te dicen que encuentres tú los sitios y las fuentes, donde digan que lo que ellos han afirmado NO ES CIERTO.

Esto, aparte de desmontar la lógica (que curiosamente es uno de los pocos conocimientos exactos e incontrovertibles que tenemos), y con ello, contradecir TODO EL ESQUEMA DE CONOCIMIENTO ACTUAL, demuestra hasta que puntos son lo que niegan. Estúpidos y vagos. Vamos a ver, señores, lo voy a explicar con un ejemplo. Si yo sostengo que existe en medio del Océano Pacífico una isla hecha toda de oro y nada más que oro, y alguien me dice que es mentira, no le puedo pedir que me lo demuestre. No se puede demostrar la negación de una afirmación. Eso, de toda la vida se ha llamado “probatio diabolica”, porque es absolutamente imposible. Para que el conocimiento avance es necesario que yo, que afirmo tal existencia, acredite que existe. Y ya vendrán entonces las refutaciones.  Pero no. Los creyentes fundamentalistas te piden, encima, que sea al revés.

Como empecé a decir antes de irme por las ramas, estos son malos tiempos para la crítica, para el pensamiento crítico. Cuando las cosas vienen mal dadas y tenemos pocas o ninguna vías de escape, el ser humano tiende a hacer piña en un rincón y a acudir a recetas mágicas que le vengan a salvar por arte de magia o de algo similar. Nos volvemos irracionales, soñadores y odiamos a los que nos despiertan del sueño. Cuando me preguntan  por qué soy escéptico, les digo que porque es mi granito de arena para intentar ayudar a que la humanidad se salve de caer en más errores. Nada ha causado más muertes estúpidas que las creencias. Desde la creencia en religiones, hasta la creencia en la homeopatía, pasando por otras creencias como, por ejemplo, la antivacunación de algunos grupos new-age o similares. La propia definición de creyente da escalofríos. El creyente cree, no duda, no pone en duda los dogmas. Como mucho, cambia unos dogmas por otros, en aras de la (supuesta) libertad de pensamiento.

Algún “pasao” de rosca me acusará de que ser ateo, o ser escéptico, es otra forma de creencia. Mala defensa es esa. Vamos a ver. Ya desde Descartes (oficialmente) y aun antes con pensadores como Occam y otros, se establecieron las bases del conocimiento. El principal método del escéptico, del científico, es la duda. Se duda de todo como sistema, como método. Esa metodología impide establecer ningún conocimiento de dogmas. Es la experiencia y las dudas, las que generan nuevos experimentos para crear modelos donde los fallos o contradicciones de la experiencia con los modelos teóricos se acoplen.  Los escépticos no adoramos la ciencia por sus resultados, sino por su método. No es una adoración irracional. Es la constatación diaria de que es la ciencia la que genera bienestar y conocimiento. Ningún conocimiento ha aportado la religión desde su fundación. Tan sólo consuelo para las mentes menos avezadas.

Esa constatación empírica de los resultados nos indican que el método funciona y que es válido para muchos campos de conocimiento. Cierto es también que NO LO ES PARA TODO. Ya Wittgenstein lo ponía de manifiesto cuando hablaba de los “nonsenses” al aplicar lenguajes de conocimiento diferentes para campos diferentes. No vale el método científico para la ética. Ni para el arte, ni para la música. Cabría decir en estos casos que uno no adquiere conocimientos éticos, ni musicales (en cuanto a sensibilidad musical, no, evidentemente en el terreno de la historia de la música, por ejemplo). Habría que poner en duda incluso la expresión “conocimiento” al hablar de estos campos. Sea cual sea el término usado, no es lo mismo.

Leí no hace mucho una frase que se ha convertido en mi frase de cabecera. “Si no quieres que me ría de tus creencias, no tengas creencias tan graciosas”. No me eches la culpa a mi. No tengo la culpa de que tus creencias sean insostenibles a la luz de la duda metodológica. No tengo culpa de que tus creencias no resistan la navaja de Occam. No tengo culpa, en definitiva, de que no puedas justificar ni demostrar NADA de lo que dices. Si quieres creer sin pruebas, es tu problema. Yo, por mi parte, no pienso hacerlo y pienso decirlo cada vez que lea una de esas. No es nada personal. Es por el bien de todos. De mis hijos y de los tuyos. Es porque vivan en un mundo racional. La irracionalidad ya ha hecho demasiado daño.

Dicen los analistas que los USA están preparados para tener un presidente negro o hispano. Para tener una mujer presidenta. Lo que no están preparados es para tener un presidente ateo. Y ese es uno de los principales problemas del mundo actual. A los hechos me remito. Espero por el bien de todos que algún día se pueda convivir como primer paso para instaurar en todos nosotros el pensamiento crítico. Es nuestra única oportunidad como especie. Tenemos la capacidad tecnológica como para destruir la Humanidad diez veces. Tiemblo cada vez que veo todo ese arsenal en manos de personas ultra religiosas cuya escatología se centra en el Juicio Final. Tiemblo porque sientan el irrefrenable deseo de hacer realidad sus oscuras creencias. Llámense Ahmadineyad, Netanyahu, Rick Santorum (de buena nos hemos librado), o Mitt Romney.  A mi, miedo me dan por igual.

Que Dios nos pille confesados (tranquilos, solo es una frase hecha…)

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