Eliminando lo accesorio: hoy limpiamos la casa.

Cuando llega el momento de hacer limpieza en casa, o de eliminar gastos, uno siempre piensa en lo superfluo. Eliminamos el gimnasio (podemos irnos a andar o a correr a la calle, que es gratis). Eliminamos la compra en el Corte Inglés y nos vamos al Lidl. Los que fuman intentan eliminar el tabaco. Y sólo si las cosas se ponen muy mal, muy, muy mal, empiezas a reducir extraescolares del niño, o lo llevas a un cole que no es el que tú deseas, o el que tú sueñas.

Creo que la llevanza de un Estado no se diferencia mucho de esto. Cuando era pequeño, veía a los políticos como señores sabios y revestidos de algo que sólo con el tiempo identifiqué con la auctoritas romana. Hoy tengo que decir que ya no los veo así. No sé si nuestros políticos actuales no tienen el empaque de aquellos, o simplemente, ahora percibo la realidad de otra forma y los veo como seres bastante mediocres. El caso es que no se diferencian nada de cualquiera de nosotros, y, al final, digan lo que digan, el Estado es una casa en mayúsculas, la casa de todos. Y muchas de las recetas aplicables a pequeña escala, se pueden reproducir, mutatis mutandis, a escala estatal.

Eliminando lo accesorio.

Lo primero que tenemos que hacer es identificar lo accesorio. En España tenemos muchas cosas que gastan mucho. Tenemos la Sanidad, tenemos la Educación, tenemos las Televisiones Autonómicas, tenemos las Diputaciones y muchas cosas más. Pensemos. Pongamos frente a frente Televisiones Públicas y Educación. A ver. Uno de los problemas que tenemos en España es la falta de competitividad. Y una de las soluciones que se dan como más seguras es apostar por tecnología. Dotar a nuestra infraestructura industrial de un valor añadido que nos permita producir bienes que otros países no podrían producir si no invirtieran muchísimo dinero y tiempo en un camino que nosotros ya hemos recorrido. Hoy por hoy, hay dos o tres sectores, como el de las energías renovables, en los que somos punteros. Desarrollarlos no sería mala idea.

Para avanzar en ese camino, la educación no parece ser superflua. Eliminar gasto en educación, en primaria, en secundaria, en FP y en la Universidad, no parece la mejor solución a nuestros problemas. Las televisiones autonómicas. TV3 y Canal 9 retransmitiendo la Fórmula UNO a la vez que una televisión privada SOLO por transmitirlo en el idioma local, no parece ser un gasto especialmente importante. Canal 9 inventando la telebasura con aquel infausto “Tómbola”. Canal Sur sacando concursos de copla y retransmisiones de toros. La directora de Canal 9 editando las noticias antes de emitirse. Nada de eso parece muy edificante. No, realmente no lo es. Sin embargo, recortar el gasto que supone la totalidad de las televisiones autonómicas supondría dinero suficiente como para no tener que preocuparse más por la educación.

Las Diputaciones, esas grandes desconocidas.

Si, existen. Mucha gente no sabe para qué, pero tienen funciones asignadas. Son funciones importantes, que se pueden hacer bien o mal. Pero, ¿que es lo que ocurre en realidad? No descubro nada. Hay gente que se afilia a los partidos políticos desde bien jovencito y al final no sabe hacer otra cosa que ser político. Pero como todo hijo de vecino, necesita vivir y comer, y mantener a una familia. Y entonces llega la Diputación y te coloca. Y al final se convierte en el coladero de los políticos de carrera mediocres. Y allí están, con sus puestos y su ausencia de cometidos. Y cobrando. Y cobrando bien. O se le coloca en una empresa pública, o en una Mancomunidad. Y en esas están todos los partídos políticos. Me contaba un amigo que hay un pueblo en la Provincia de Sevilla que no conoce el paro porque todo el mundo está colocado en la Diputación y que eso se debía a que un alto cargo era de ese pueblo y por ahí se había producido un coladero. No sé si es verdad, pero conociendo lo que conozco en otros sitios de España no me extrañaría nada.

Lo cierto es que ese retiro dorado para miles de políticos que no saben hacer nada más que ser político, nos cuesta una pasta. Una verdadera pasta gansa. Solo ahorrandonos lo que nos gastamos en cargos públicos supérfluos nos ahorrábamos lo necesario para sanidad.

Quiero romper una lanza en favor de nuestra clase política. Es cierto que SOBRAN POLÍTICOS. Pero también es cierto que los que no sobran están mal pagados. Si queremos una élite gobernante, hay que incentivar que nuestras élites se dirijan a la política y estén bien remuneradas. Si no, seguirán acudiendo Leires Pajines, Pepiños Blancos y otras aves de rapiña similares, idiotas, mediocres (desde el punto de vista que un día señalara Pérez Reverte),  y no tendremos más que lo que nos merecemos.

Frente a ello, recortar en Sanidad, en Justicia, en todo aquello que hace que nuestra sociedad sea reconocible, me parece una absoluta desvergüenza y hasta un crimen de lesa humanidad. Todos los que lo hacen sin pensar en recortar en lo otro algún día deberán pagarlo. Con su descrédito, con la miseria o, como insistan mucho, con su mismísima libertad.


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One thought on “Eliminando lo accesorio: hoy limpiamos la casa.

  1. Interesantísima reflexión, que comparto casi en su totalidad, si bien algunos aspectos me parecen matizables. Vivimos una situación crítica y es evidente que hay que hacer recortes. No porque sea bueno o malo, o lo correcto, o lo que se debe hacer, sino porque no hay más remedio. No hay dinero y punto.

    Recortar… ¿de dónde? Obviamente el primer sitio sería la propia Administración, al ser a día de hoy lo que consume más recursos procedentes del bolsillo del ciudadano y de la forma más improductiva. Tenemos, efectivamente, la Administración más sobredimensionada y menos eficiente, probablemente, de todo el conjunto de países desarrollados. Coincido con todo lo que dices en ese sentido. Pero no parece que la actual clase política esté muy por la labor de atajar el problema por esa vía. Al menos no mientras tengamos los políticos que nos merecemos. Tal vez cuando nos merezcamos a otros mejores…

    Dicho esto, cualquier recorte en el resto de sectores siempre provocará el rechazo y la reacción más o menos airada de los correspondientes sectores sociales, especialmente los que se ven directamente afectados. Claro está que esta “afectación” en ciertos casos no es otra cosa que el recorte de ciertas situaciones de privilegio absolutamente injustas a las que sus beneficiarios se niegan a renunciar. Caso más evidente de esto último es el de la minería, tan de actualidad en los últimos días. De hecho, incluso he oído criticar los recortes a las subvenciones al cine, apelando a los más altos principios de la cultura y la identidad nacional.
    Entonces, ¿qué puede considerarse superfluo y qué no? Recurramos al típico dilema de la teoría económica: ¿invertir en hospitales o en hoteles? La respuesta siempre es la misma: en ambas cosas. En la debida proporción, según las circunstancias, claro. Aunque siempre habrá, sobre todo en tiempos de crisis, quien opine que no se invierte lo suficiente en determinadas cosas. Y ello es así pese a que, aunque el más elemental planteamiento social y humanitario nos dice que la salud del ciudadano debe estar por encima de todo, no es menos cierto que en las sociedades actuales no puede descuidarse ningún aspecto. Los hoteles atraen turismo y ello genera riqueza que a su vez repercute en el desarrollo de la sociedad. Además, la cuestión no puede fiarse al principio de “solucionar primero las necesidades básicas y después las superfluas”, puesto que en materia social nunca se terminan de solucionar todas las cuestiones. Por mucho que se haga, siempre se podrá hacer más y siempre será bien recibido. El gasto social es un pozo sin fondo.

    En Valencia tenemos algunos ejemplos evidentes (tal vez demasiado). La reciente celebración del Gran Premio de Europa de Fórmula 1 en nuestras calles ha abierto una vez más la caja de los truenos y de nuevo han llovido de todas partes críticas a la inversión de caudales públicos en semejante evento mientras se recorta en otras cuestiones en principio tan esenciales como la sanidad o la educación. Pero, ¿de verdad éste es un dinero malgastado? ¿Se habría empleado mejor en educación o sanidad? ¿Acaso ahí no hay gastos superfluos?

    Personalmente no comparto el que se juzgue positiva o negativamente el dinero que se invierte o que se recorta, atendiendo única y exclusivamente a los sectores, sin considerar de qué forma se emplean los susodichos recursos. Dicho de otra forma, que se critique el gasto en cuestiones más o menos superfluas, pero se dé en cambio por válido hasta el último euro invertido en cosas de las consideradas como esenciales, y se ponga el grito en el cielo ante el más mínimo recorte, como si ello supusiera el fin, no ya del estado del bienestar, sino hasta de la mismísima democracia.

    Analicemos por ejemplo el caso de la educación. Somos uno de los países europeos que más dinero por estudiante invierte. Estamos por encima de la media en inversión. Y sin embargo estamos a la cola en rendimiento académico. El país con el mejor sistema educativo del mundo, Finlandia, invierte por estudiante menos de la mitad que nosotros. Por tanto, no es cuestión de cuánto dinero se invierte, sino de cómo se emplea. Y si una mayor cantidad de dinero invertido no tiene una traducción directa en una mayor calidad de la enseñanza, por la misma regla de tres, una reducción del mismo no tendría por qué suponer una merma de ésta, siempre y cuando aprendamos que las cosas pueden hacerse de forma mejor a como las venimos haciendo.
    Y creo que ahí está el problema. Estamos acostumbrados a hacer las cosas de una determinada manera (mala), y somos incapaces de “cambiar el chip” y pensar que las cosas se pueden hacer de otra forma sin que ello suponga ninguna amenaza al estado de derecho y del bienestar.

    Siguiendo con el ejemplo de la educación, a lo mejor no es estrictamente necesario que los profesores, al menos los universitarios, sean todos funcionarios, sino buenos profesionales de la educación y que las universidades compitan por contratar a los mejores. También podría ser interesante que, como ocurre en otros países, las universidades se especialicen en determinadas materias, y que los estudiantes, en función de la carrera que quieran estudiar, elijan aquella universidad con el mejor currículum o los mejores profesores en dicha materia. Tuve un profesor de historia en la Universidad, bilbaíno de nacimiento, que al completar el bachillerato tuvo la opción de estudiar en la Universidad de Deusto. Y sin embargo optó por venirse a estudiar aquí pues, según me comentaba, por aquél entonces la Facultad de Historia de la Universitat de València se destacaba especialmente a nivel nacional por el nivel de sus profesores e investigaciones. Planteamientos como éste son impensables en nuestros días.

    Asimismo, tengo una amiga holandesa que pasó varios años viviendo en España y se llevaba las manos a la cabeza de ver a jóvenes ¡mayores de 20 años! conviviendo todavía con sus padres bajo el mismo techo, algo que en su país se consideraría poco menos que enfermizo. Allí lo habitual es que, tan pronto un joven se gradúa en el instituto, salga del hogar paterno para ir a cursar sus estudios universitarios en otra ciudad. Incluso conocía casos de jóvenes que, disponiendo de universidad en su ciudad de origen, optaban igualmente por el desplazamiento, con tal de salir de casa y separarse del paraguas protector paterno. Por supuesto dichos jóvenes cuentan con los debidos apoyos económicos del Gobierno holandés en forma de becas y ayudas al desplazamiento, al alquiler de vivienda, etc… Ayudas que, a diferencia de aquí, ellos terminan devolviendo al Estado.

    ¿Y aquí? ¿Qué se ha hecho al respecto? Pues en lugar de cualquier cosa que potencie la cultura del desplazamiento y la independencia, lo que hemos hecho es poner una universidad como quien dice en la puerta de casa de cada ciudadano. En vez de potenciar las existentes y dotarlas de más y mejores recursos, o invertir en más becas y ayudas al estudio, hemos optado por no dejar a ninguna capital de provincia sin su correspondiente universidad. E incluso se han creado en otras ciudades que no son capitales, a veces, a menos de media hora de distancia de las universidades ya existentes. Ejemplos como el de Castellón, Elche o Reus, entre otras muchas, son más que clarificadores.

    Somos un país donde para cualquier iniciativa que decide emprenderse se crea el correspondiente organismo oficial, se lo dota de presupuesto, se le nombra un presidente, vicepresidente, y toda una pléyade de secretarios, consejeros, asesores, etc… Se le habilita un edificio como sede o se le construye uno nuevo, por supuesto a cargo de los arquitectos y diseñadores de moda, a un precio desorbitado y con todas las dotaciones tecnológicas y en materia de confort y ergonomía imaginables. Por supuesto que no falten los coches oficiales y unos sueldazos de escándalo, a menudo acumulables a los de otros cargos públicos que ostenten los dirigentes del organismo en cuestión. Al final, si queda algo del presupuesto, tal vez algún día emprendan alguna tarea de ésas para las que fue concebido el organismo. Y todo ello cuando, en muchos casos, tales funciones podrían ser asumidas por algún organismo ya existente.

    Semejante falta de respeto al ciudadano y de afán de eficiencia, a mi modo de ver, viene fraguándose en la mentalidad de los políticos actuales desde la universidad. Son muchos los casos que hemos conocido de estudiantes que, por el hecho de afiliarse a sindicatos estudiantiles o secciones juveniles de partidos políticos han aparcado, cuando no abandonado, sus estudios. Recuerdo de mi etapa estudiantil a cierto y canijo individuo de prominente dentadura y verbo inacabable a quien la Universitat recompensó con el cargo de “vice-rector de estudiantes” (ahí es nada) en reconocimiento a su labor a favor de la causa nacionalista, y que a sus vientimuchos años seguía matriculado de 2º curso de Derecho. No conozco ningún país donde la participación en actividades extra académicas (de tipo político o de cualquier otro) sea excusa para que un estudiante deje de lado sus estudios y pueda permanecer en la universidad “ad aeternum” ocupando una plaza sin el más mínimo progreso en sus estudios. Esa clase de individuos es la que luego llega a la alta política y se convierten en ministros y ministras como las de sanidad o de igualdad. Pero igual da.

    Por todo ello, pido disculpas, pero a menudo tengo la impresión de que no todo el dinero que se desperdicia se vaya en proyectos de ocio faraónicos. Ni siquiera la mayor parte. Por eso cuando oigo hablar de recortes aquí y allá me resulta todo tan relativo. Porque mientras no se produzca un cambio de mentalidad, sobre todo entre los servidores públicos, será irrelevante si se invierten unos millones de más o de menos en esto o lo otro.

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