Tauromaquia (II): Por qué soy antitaurino.

No es sencillo racionalizar los gustos. Aunque tengo que reconocer que en este caso es muy fácil. Jamás he podido ser anti-nada sin haber previamente racionalizado profundandamente los motivos por los que soy anti-algo.

El primer paso hacia mi militancia anti-taurina se produjo por una doble via. La afirmación y confirmación, dentro de mi sistema ético, de que a pesar de vivir en un pais donde el utilitarismo de los animales ha estado, hasta hace muy poco tiempo, arraigado profundamente en la sociedad, los humanos no podemos vivir con ese utilitarismo por mucho tiempo más. Los mismos motivos que llevan a matar a un perro cuando ya no sirve para la caza, o a poner a pelear dos perros o dos gallos, o a abandonar a los animales que molestan, llevan al ser humano a las corridas de toros. Por más que lo disfracen de supuesto arte, al final, lo que prima, es un concepto meramente utilitarista del animal. El animal es un ser sujeto de espectáculo. Y aquí el espectáculo es la tortura. Algún talibán taurino (que los hay, como los hay antitaurinos), me dirá que  si soy vegetariano. No. No lo soy. No estoy dispuesto a atiborrarme de pastillas para sustituir los nutrientes que me da la carne. Una cosa es no ser utilitarista y otra cosa es ser gilipollas. Pero para comerme un solomillo ibérico en condiciones, no necesito que al pobre cerdo se le haya estado torturando hasta su muerte. Por esa razón, la consideración de la dignidad animal como principio ético no es ninguna tontería, se impone poco a poco en las sociedades más avanzadas y “de facto” ya ha calado en nuestro ordenamiento jurídico, aunque haya sido por trasposición de las directivas comunitarias.

El segundo paso simultáneo al anterior es el de la consideración de la ética como gobernante de todos los actos, por encima de cualquier sentido estético o hedónico. Si sitúo la protección de la dignidad animal como principio ético, cualquier consideración hacia los gustos es inútil. Da igual que vea algo estético en el toreo (generalmente lo más estético es el toro, porque lo que es el torero, aunque de todo hay). También podría ver lo estético en una pelea de gladiadores y al final eso da igual.  Estoy seguro que los mismos que defienden hoy los toros hubieran defendido las luchas de gladiadores en la Roma clásica, y con los mismos argumentos (que si el arte, que si la tradición, que si no existen las peleas de gladiadores se extingue esa especie). Argumentos por otra parte muy fácilmente rebatibles sin necesidad de grandes artificios. Pero claro. Hasta los más inteligentes sacan su lado animal al olor de la sangre y se dejan en el camino unos cuantos puntos de C.I. En eso ganamos los antitaurinos siempre… o casi siempre, que también los hay que los pierden en el lado de los antitaurinos cuando se alegran de la cogida de un torero. Al final esos también son de los que se alegran al olor de la sangre.

El oponerse a la “fiesta nacional” no deja de ser todo un sistema de pensamiento, de los que solo esbozo los principios esenciales, pero que contiene argumentos en contra de todo el argumentario de los defensores de las corridas y similares. Argumentos contra el supuesto carácter de “arte” de los toros (ver en este mismo blog Tauromaquia (I): Toreros y Artistas). Argumentos contra la “costumbre” y la “tradición”. Argumentos contra la “preservación de la especie”. Y todos los demás.

¿Soy liberticida por solicitar la abolición de los espectáculos taurinos? Creo que no. Si existe un criterio ético que se va imponiendo poco a poco (en algunos países ya es un hecho y lo es desde hace mucho tiempo, y en España va calando poco a poco), la prohibición del espectáculo taurino no es más que una consecuencia del mismo. Existen otras prohibiciones basadas en los mismos principios a los que nadie ya pone pegas. El maltrato animal, las peleas de animales y otras prohibiciones similares han entrado en nuestro ordenamiento jurídico sin que haya supuesto mayor trauma para nadie. Muchos, por principio éticos, luchamos contra el aborto libre o contra la ingeniería genética aplicada al hombre, por ejemplo, sin que personalmente considere que por ello sea un liberticida.  Tampoco me considero liberticida por apoyar la prohibición de fumar en espacios cerrados, por ejemplo. Y sin embargo son hechos que se producen sin mucho debate social. Pero ya digo que en otra época también tildaron de liberticidas a aquellos que, por ejemplo, abogaron por la prohibición de los espectáculos de gladiadores. Muchos vieron en la prohibición de Constantino el triunfo de los cristianos y con ello, el declive de los principios clásicos de Roma.

No pretendo agotar aquí todas las ramificaciones de este debate. Ya irán cayendo en futuras entregas.

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